Palabras mal interpretadas.
Y yo que viaja en tren para volver del CBC, que era un buen chico que merodeaba los bares y se vestía todo de negro, antecesor directo de los Darks, yo que a veces soportaba las lluvias e iba a las clases emborrachado de cerveza y rendía más de la cuenta, me sentía más suelto discutiéndolo todo. Me divertía decir lo que sentía en mi corazón.
Porque una silla antes no era silla, antes era la cantidad de plusvalor que habrá tenido el vendedor de ella y “cuanto dinero habían perdido los obreros o cuanto le habían robado de su fuerza de trabajo depositada en ella”. Todo pasaba por ahí de una manera enfermiza, de una escabrosa y estrepitosa pantomima de palabras que increpan y tienden a molestar.
Yo que discutía en la Facultad de Derecho con un hombre, un Doctor, que defendía el golpe del 76. Si y le hablaba de Althusser replicándole todo a los veinte años. Y una alumna que era una verdadera imbécil le dijo: “No discuta más con él, es un dogmático”. Pero me importa un bledo. Hablar justo de mi, que soy un dogmático. De mí. El le contesto, ese demócrata cristiano: “Si, pero el es de Derecha, pero ahora no entiende, después entenderá”. Esa actitud profética y reprochable de que iría a cambiar de vida. Temí caer en los autoritarismos intelectuales y no olvido esas palabras mientras me miraba a los ojos en la clase de Teoría del Estado.
Y hace dos días fui a Plaza Serrano y tomé cinco pintas de cerveza tirada. La verdad que no es tan buena. En un bar que se llama Crónico. Muy caro y berreta. No me gustan lo caro y lo berreta, son algo sin gusto y sin estilo, es un poco incómodo sentirse así. Porque si es berreta merece ser barato. Y a mi lado había un gordo con una barbita colorada partidario del MAS. Y escuchó cuando le dije a mi hermano y a mi amigo que Nietzsche había dicho: “entierra a tus muertos” en la parábola en donde Zarathustra lleva al muerto en sus hombros y su andar se hacía pesado y cansador. Y que le pesaba mucho avanzar en el camino con él. Y es la verdad, si no enterrás a tus muertos la depresión conseguirá la melancolía, o en el peor de los casos, la depresión. Y está comprobado que en estas circunstancias los anticuerpo bajan, están más propicios a que una enfermedad entre en el organismo.
Y el gordo partidario del MAS me miró y me dijo. “Mirá loco yo trabajo en una cárcel pero no terminé el secundario, pero te digo una cosa ese tipo es la esencia del nazismo”. Entonces me paré. Corrí una silla lo miré y le dije: “Estás equivocado desde el plano de lo-histórico. No hay relación directa entre causa y efecto ya que todo hecho que genera un resultado lo debés interpretar desde la Teoría de la sine qua non. Voy al baño”.
Y me fui al baño.
Detrás entró el gordo. Me dijo: “¿Querés merca?”. “Bueno, dale” le dije entusiasmado. Pero mi algarabía se detuvo. Era metanfetamina picada. Un asco. Parecía azúcar. Y brillaba. Solamente me basto mojar mi dedo y saborearla. Tomé y todo comenzó a ponerse rápido, veloz en la línea de la tranquilidad ahora disuelta. Me miró cara a cara y habló: “yo te conozco a vos, vas de cárcel en cárcel y muchos te la tienen jurada”. Ahí abrí los ojos, me di cuenta que en este mundo penal hay que estar atento más cuando es un profesor de secundario carcelario que tienen contacto permanente. “Mirá, el último que me dijo algo y me amenazó le puse mi 38 en la cabeza” le dije desafiante y continué: “yo defiendo como nadie en este país, mirá lo que te digo, me juego la vida pero si la cagada se la mandaron ellos y tienen dos cuerpos de expediente de prueba por más que invente lo que quiera el Fiscal y el Juez van a condenarlo. Entonces trato de internarlos para que vean la puta luz del sol y si encima cuando salen me vienen con una púa de metal a amenazarme es porque no tienen códigos. Al fin y al cabo esto es un círculo, muchos te odian pero muchos te quieren también y si me tocás, me matás, vas a aparecer mal, pero no porque yo lo pida sino porque yo tengo un trato humano con mis defendidos, les escribo cartas y ellos a mi, les llevo cigarros y cosas que pueda llevarle, me meto en la celda. Soy un defensor humanizado, nunca me mande la parte de nada, por eso me vuelvo loco cuando creen que los defendí mal ¿Quién carajo estudió el doctorado en Derecho Penal? ¿El que me viene a bardear y cree saber más Derecho que yo? Yo estudié siete putos años, me quemé la cabeza, conozco el finalismo y el causalismo, leí a Zaffaroni pero también a Roxin y a Jacobs enteros, sabés, enteros, conozco las dos grandes teorías y las uso a conveniencia”.
El gordo del MAS se me quedó mirando con su barba colorada. La tocaba y pensaba. “Me caés bien, loco, eh”, dijo desde un plano de seguridad creyendo que era Lenin. Tenía una especie de complejo de superioridad, la gran paradoja de la izquierda, los intelectuales zurdos creen que son superiores y que la “gente no entiende”. Y a mi me parece que la gente entiende, en realidad, su entendimiento pasa por como viven el hoy, su presente, allí está la cosa. La izquierda no es pedagógica no sabe explicar sus proposiciones ni llevar adelante sus metas políticas. El día que logren un discurso comprensible y apto para las masas van a sacar aunque sea el tres por ciento.
Volvimos a la mesa. Para que mierda habré tomado esa basura. El gordo debe creer que eso es cocaína y la debe pagar como tal, o quizás más cara. Entonces ocurrió lo inesperado. El gordo del MAS se me acercó y me dijo: “Yo al fin de cuentas soy facho, quiero lograr mi idea sin importarme las demás ideas”. Pero entre la borrachera de muchas personas eso se puede mal interpretar como lo hizo mi amigo judío que estaba a mi lado. Tres palabras mal interpretadas “Yo soy facho”. Las palabras hay que medirlas con el alcohol. Entonces mi amigo judío que, paralelamente es un psicópata, le dijo: “Acá somos radicales, así yo que vos corro, gordo de mierda”. El gordo era alto, como un metro noventa y bien ancho. Se paró y lo agarrró del cuello lo que desencadenó en que una jarra que traía la pinta de cerveza fuese tomada por mi amigo, el judío psicópata, y sea estrellada en la cabeza del partidario del MAS. Mucha sangre, mucha, salió de la cabeza del gordo que tenía orígenes escoceses. El gordo tocó la herida e inmediatamente comenzó a patear todo lo que se le cruzaba por el camino y mi amigo psicópata lo agarró del cuello haciéndole un torniquete con su brazo. Realmente lo quería matar si uno lo analiza desde el finalismo. Su fin en la acción era ahogar, quitar el aire y matar. Si creo que sí. Ante esa situación yo, que se muy bien lo que es la legítima defensa de terceros, tuve que actuar y me metí en el medio, pero era luchar contra una madera de quebracho, no los podía separar, la fuerza bruta de las personas con emoción violenta es muy grande, es una fuerza extraordinaria que el cerebro genera, hay que imaginar que una persona en ese estadio mental no siente si se rompe una mano, no tiene dolor, la furia domina todo el contexto.
Y vino la seguridad y los llevó a los dos afuera. En la puerta había policías federales. Y terminé en una comisaría para tratar de sacar a mi amigo. Todo por tres palabras mencionadas por la persona más inesperada: un gordo escocés, colorado, partidario del MAS que dijo: “Yo soy facho”. La paradoja de las ideologías mezcladas con el hedor del alcohol, la violencia y la interpretación desmedida y vulgar. Yo, mientras tanto, seguiré tratando de enterrar a mis “muertos”.
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